58.5% de los nuevos jueces electos ya trabajaban en el Poder Judicial. Una reforma que prometía cambio profundo terminó siendo rotación de escritorios.
Cuando el gobierno anunció la elección judicial como la transformación más profunda del sistema de justicia en décadas, pintó un cuadro idílico: fuera los dedazos, fuera los amigos del poder, fuera la opacidad. Democracia pura. Los ciudadanos eligirían a sus jueces.
Pero los números son más elocuentes que los discursos.
Según La Jornada, un estudio del Tribunal de Disciplina Judicial reveló que 58.5 por ciento de los jueces y magistrados electos en la reforma ya trabajaban en el Poder Judicial de la Federación. No son caras nuevas. No son expertos externos. Son gente que ya estaba adentro.
Desempeñaban cargos como jueces, magistrados, secretarios de acuerdos, oficiales y defensores. Algunos tenían años navegando la maquinaria judicial. Otros eran reconocibles en los pasillos de los edificios de justicia. Y ahora, con un voto que se supone democratizó todo, subieron de puesto.
La presidenta del TDJ asegura que la elección democratizó la designación de impartidores de justicia. Técnicamente, tal vez tiene razón: hubo votación. Pero hay una diferencia brutal entre democracia formal y cambio real.
Poner a votación gente que ya conoce el sistema, que ya tiene lealtades adentro, que ya sabe cómo funcionan los arreglos informales... eso no es democratizar. Es limpiar la apariencia de un proceso que, en esencia, siguió siendo el mismo: gente de dentro, escalando posiciones.
Hay una pregunta que nadie en el gobierno quiere responder: ¿cuántos de esos 41.5% restantes que sí eran externos tenían conexiones políticas o empresariales relevantes? El dato no viene en el estudio. Y eso es sospechoso.
La reforma judicial se vendió como una ruptura con el pasado. "Nunca más designaciones a dedo," prometieron. "El pueblo decidirá." Y técnicamente, el pueblo votó. Pero si 6 de cada 10 ganadores ya tenían un uniforme de trabajador judicial puesto, la pregunta incómoda es inevitable: ¿realmente cambió algo sustancial, o solo se cambió el mecanismo de legitimación?
Esto no es un detalle administrativo. La composición del Poder Judicial define quién tiene poder real en México. Si los jueces resuelven los conflictos empresariales, los recursos administrativos, los ampros contra el gobierno. Si dicen sí o no a lo que hace el Ejecutivo. Si protegen derechos o los erosionan.
Cuando la reforma prometía renovación y lo que entregó fue rotación, el sistema quedó en la misma posición: con gente que entiende de justicia pero que también entiende de cómo se mueven las cosas adentro. Gente que tiene amigos. Gente que sabe dónde están los botones.
No es que todos esos jueces sean corruptos. Probablemente muchos son profesionales serios. Pero la reforma perdió su oportunidad histórica: traer sangre nueva, perspectivas externas, gente sin deudas internas.
En cambio, lo que México obtuvo fue una elección que tuvo la forma de cambio pero la sustancia de continuidad. Un ejercicio democrático que, en el fondo, reforzó a los de adentro.
Eso es lo que los números dicen, más allá de los comunicados optimistas del TDJ.
Por Carlos Mendoza