Precios agrícolas caen, pero servicios y transporte aéreo siguen presionando. El banco central enfrenta un dilema real.

La inflación retrocedió a 3.55% en la primera quincena de junio, según Expansión. A primera vista, es una noticia alentadora. Pero quien lea solo el titular se pierde la historia real: México tiene una inflación de dos velocidades, y la más preocupante sigue acelerada.

El dato que todos celebran, pero nadie entiende

La caída hasta 3.55% fue impulsada principalmente por la caída de precios de productos agropecuarios. En términos simples: las frutas, verduras y granos bajaron de precio. Es comprensible. A principios de junio, termina la escasez de cosechas de primavera y llega la oferta del verano. Así ha funcionado siempre.

Pero aquí está el problema: este factor es estacional y temporal. Un empresario agrícola no invierte en nueva tecnología o amplía sus operaciones porque los precios bajen por dos semanas. Las decisiones de inversión en el campo se toman con ciclos de largo plazo. Y ese alivio inflacionario que vemos ahora desaparece cuando pase la temporada.

La inflación que sí importa sigue arriba del 4%

Mientras la inflación general baja, la inflación subyacente —aquella que excluye alimentos y energía, es decir, la que refleja la presión estructural de la economía— permanece por arriba del 4%. Esto es lo que el Banco de México debe tomar en serio.

Dos sectores específicos están alimentando esta inflación persistente: servicios turísticos y transporte aéreo. No son sectores marginales. El turismo en México mueve miles de millones de pesos anuales y emplea directamente a cientos de miles de personas. Las aerolíneas mueven personal ejecutivo, conectan cadenas de suministro internacionales y son clave para la logística de exportación.

Que estos sectores mantengan presión inflacionaria significa que hay demanda fuerte. Las aerolíneas suben precios porque hay pasajeros que pueden pagarlos. Los hoteles suben tarifas porque hay ocupación. En contexto de una economía con desempleo real, esto es un indicador de que hay sectores con músculo económico. Pero también significa que la curva de demanda sigue por encima de la oferta disponible.

¿Qué significa esto para quien toma decisiones?

Para el Banco de México, este panorama es incómodo. No puede bajar tasas de interés con agresividad mientras la inflación subyacente siga en 4%. Hacer eso sería permitir que la presión inflacionaria se metastasize nuevamente a través de servicios y bienes no alimentarios.

Para el empresario de la industria manufacturera o de logística, esto tiene implicaciones directas. Si las tasas se mantienen elevadas para controlar la inflación subyacente, el costo de financiamiento para invertir en nueva capacidad productiva sigue siendo caro. Menos inversión significa menos empleos.

Para el consumidor de clase media, la noticia es mixta. Sí, los alimentos pueden estar más baratos esta quincena. Pero viajar en avión o reservar un hotel sigue siendo costoso. Y cuando la inflación subyacente no baja, es porque los precios de los servicios que usa regularmente —electricidad, telecomunicaciones, educación— siguen subiendo.

El contexto real: estabilidad frágil

México ha logrado traer la inflación desde niveles más altos. Eso es un hecho. Pero esta quincena de junio nos muestra que la estabilidad es frágil y depende de factores estacionales. Cuando los precios agrícolas repunten en la próxima temporada, veremos si esa caída a 3.55% fue logro estructural o solo un respiro temporal.

La verdadera prueba será: ¿en julio, agosto y septiembre, la inflación general vuelve a subir mientras la subyacente se mantiene pegada en 4%? Si es así, México estará atrapado en una situación donde ni puede bajar tasas sin riesgo, ni puede permitir que suban más sin frenar inversión privada.

Eso no es un dilema de números. Es un dilema de empleos, inversión y crecimiento.

Por eso, celebra los datos favorables. Pero no dejes de ver lo que sigue presionando debajo.


Por Laura Herrera